Por Anamari Martínez, IPCHILE; Carla Aceituno, CFT Manpower; Carmen Versluys, CFT École; Gloria Iturra, CFT Juan Bohon; Ingrid Luna, IP Agrario Adolfo Matthei; Ivette Monsalves, IP San Sebastián; Mónica Verzini, IPP; Trinidad Riesco, IP Culinary, Rectoras del Consejo de Rectores Vertebral
El futuro de Chile se está decidiendo en las aulas y talleres de la Educación Superior Técnico-Profesional (TP), que rediseñan el mapa de la movilidad social y concentran una parte sustantiva de la formación de nuestro país. En este escenario, la conmemoración del 8 de marzo nos invita a mirar más allá de las cifras de matrícula: es momento de reconocer a la generación de mujeres que, desde rectorías y direcciones, está impulsando transformaciones con impacto real en inclusión y desarrollo productivo.
La gestión de instituciones de educación superior exige sensibilidad territorial y capacidad para traducir necesidades locales en propuestas formativas pertinentes. La presencia femenina en los equipos directivos ha aportado un pragmatismo transformador, orientada a la flexibilidad curricular, la vinculación con la industria y el acompañamiento a estudiantes con responsabilidades de cuidado. No es solo una cuestión de paridad: es una forma de liderazgo que entiende la educación técnica como una herramienta de autonomía económica y de inclusión social.
Las cifras confirman la magnitud del cambio: en la actualidad, las mujeres representan cerca del 49% de la matrícula total del subsistema técnico-profesional y el 51% de los nuevos ingresos a los Institutos Profesionales. Estas tendencias revelan que la educación técnica dejó de ser un espacio masculinizado para convertirse en la opción preferente de muchas mujeres que buscan trayectorias formativas cortas, con alta empleabilidad y compatibilidad con sus vidas. Este cambio es resultado —en buena medida— de decisiones de gestión que han puesto a las estudiantes en el centro: mallas modulares, horarios flexibles, programas de apoyo y vínculos con empleadores locales.
Pero celebrar avances no basta. El desafío que enfrentamos es consolidar un ecosistema que asegure calidad, equidad territorial y sostenibilidad financiera. En el debate público sobre educación superior, la voz de las mujeres en la gestión TP ha sido clave para reivindicar un enfoque integral: recursos que reconozcan el costo real de la formación, incentivos para la innovación docente y mecanismos que protejan el acceso de más mujeres en regiones y provenientes de los sectores más vulnerables.
Por eso, en este Mes de la Mujer hacemos un llamado público y concreto: a las autoridades, a las empresas y a la sociedad civil para que trabajemos en conjunto por tres prioridades. Primero, garantizar recursos estables y equitativos que permitan a las instituciones TP sostener calidad y pertinencia territorial. Segundo, promover políticas que aceleren la participación femenina en todos los espacios de decisión académica, productiva y gubernamental. Y tercero, consolidar la articulación entre formación y empleo mediante alianzas público-privadas que multipliquen oportunidades para mujeres en sectores estratégicos.
El liderazgo femenino en la alta dirección de la educación superior TP no es un asunto simbólico: es una condición habilitante para que el desarrollo económico tenga rostro humano, regional y justo. Las rectoras y las mujeres que dirigen nuestras instituciones saben que transformar la educación técnica es transformar la vida de miles de familias. Ese liderazgo merece no solo reconocimiento, sino políticas y decisiones que lo potencien.