Opinión

COLUMNA | La calidad ya no puede medirse solo por cumplimiento

Durante mucho tiempo hemos hablado de calidad en educación superior a partir de estándares, procesos, indicadores, resultados, evaluación externa y acreditación. Es comprensible. Ese recorrido ha permitido instalar una cultura de autorregulación, evidencia y mejora institucional que hace algunas décadas tenía un desarrollo bastante menor. Sería difícil desconocer su aporte. Hoy las instituciones cuentan con mejores mecanismos para revisar su trabajo, adoptar decisiones y hacerse responsables de los resultados que alcanzan.

Conviene, además, distinguir entre calidad y aseguramiento de la calidad. Este último comprende las políticas, capacidades, mecanismos y procesos mediante los cuales una institución resguarda y mejora su quehacer. La calidad se expresa en el cumplimiento de sus propósitos y en la pertinencia y el valor de los resultados que genera para los estudiantes y la sociedad. La fortaleza de un sistema de aseguramiento radica en su capacidad para favorecer ese propósito.

El contexto, sin embargo, está cambiando con una rapidez que obliga a revisar algunas de nuestras certezas. Las instituciones operan en una sociedad marcada por transformaciones tecnológicas, nuevas formas de empleo y demandas crecientes de flexibilidad. Frente a esta realidad, contar con procesos bien definidos continúa siendo indispensable, aunque resulta insuficiente para comprender la contribución efectiva de una institución. La pregunta que comienza a instalarse es qué entendemos hoy por calidad y qué evidencias necesitamos para reconocerla.

Una institución de calidad debe contar con políticas claras, responsabilidades conocidas y mecanismos que le permitan evaluar el cumplimiento de sus propósitos. Necesita procesos robustos para asegurar una experiencia formativa equivalente entre sedes y modalidades, preservar el conocimiento institucional, gestionar los riesgos y responder adecuadamente a las exigencias regulatorias. Estos aspectos no constituyen una formalidad. Entregan continuidad, orden y confianza, especialmente en instituciones que atienden a estudiantes diversos y están presentes en distintos territorios.

La dificultad surge cuando el cumplimiento termina ocupando toda la conversación. Las instituciones pueden demostrar que sus procesos funcionan de acuerdo con lo previsto y descubrir, aun así, que parte de su oferta ha perdido pertinencia, que sus titulados encuentran mayores dificultades para insertarse laboralmente o que sus mecanismos de decisión reaccionan con lentitud frente a los cambios del entorno. Hacer correctamente lo planificado no garantiza que aquello que se planificó siga siendo la mejor respuesta.

La empleabilidad permite observar con claridad esta tensión. Según la última Encuesta Nacional de Empleo del INE, en el trimestre mayo-julio de 2026 la tasa de desocupación nacional alcanzó el 9,5% y llegó al 10,3% entre las mujeres. En el mismo período, el número de personas desocupadas aumentó un 10,4% respecto de un año atrás y quienes buscaban trabajo por primera vez crecieron un 20,9%. Estas cifras recuerdan que la relación entre educación y trabajo sigue siendo una preocupación concreta para miles de personas y familias, y refuerzan la necesidad de que las instituciones sigan con atención las trayectorias de sus titulados y la relación entre formación y empleo.

En la educación superior Técnico-Profesional esta realidad se vive de manera cercana. Su vínculo con los estudiantes, el mundo del trabajo y los territorios la convierte en un espacio privilegiado para evidenciar la calidad a través de la pertinencia y los resultados. Muchos estudiantes llegan a nuestras instituciones buscando mejores oportunidades laborales y mayores posibilidades de desarrollo. Por eso, la calidad también debe observar lo que ocurre después de la titulación: la inserción laboral, la progresión en el empleo, la capacidad de adaptación a contextos cambiantes y el valor que la formación aporta a sus trayectorias. En definitiva, la pertinencia de la formación constituye una de las expresiones más concretas y observables de la calidad.

Esta mirada requiere prudencia. Las instituciones no determinan el comportamiento de la economía ni las oportunidades disponibles en el mercado laboral. Sí tienen la responsabilidad de conocer las trayectorias de sus titulados, dialogar con empleadores y sectores productivos, revisar oportunamente sus programas y ajustar sus decisiones cuando la evidencia así lo exige. La calidad también se expresa en esa capacidad institucional para aprender de los resultados.

La pertinencia plantea un desafío parecido. No es una condición que pueda declararse una vez y darse por resuelta. Requiere una conversación permanente con estudiantes, titulados, colaboradores, empleadores y actores territoriales. Demanda información actualizada y, sobre todo, capacidad para transformar esa información en decisiones académicas. Una institución pertinente reconoce cuándo debe ajustar un programa, incorporar nuevas competencias o buscar formas distintas de responder a las necesidades de quienes estudian y trabajan.

La vinculación con el medio ofrece un buen ejemplo. El número de convenios, proyectos o participantes permite dimensionar el esfuerzo institucional, aunque aporta información limitada sobre los cambios producidos. La pregunta relevante es si esa relación enriquece el aprendizaje, fortalece capacidades en las comunidades, ayuda a abordar desafíos productivos y genera conocimiento útil para la propia institución. Avanzar desde la medición de actividades hacia la comprensión de resultados, contribuciones e impacto es uno de los desafíos relevantes para la agenda de calidad. La valoración del territorio y de sus actores constituye una evidencia fundamental para determinar la pertinencia y el aporte efectivo de la institución.

Nada de esto resta importancia a los estándares. Al contrario, les otorga un sentido más profundo. Los mecanismos internos, las evidencias y la evaluación externa resultan valiosos cuando ayudan a comprender si una institución está cumpliendo sus propósitos y generando resultados relevantes. El desafío aparece cuando los medios adquieren más protagonismo que los fines y la evidencia se acumula para demostrar cumplimiento, sin alimentar realmente la reflexión y las decisiones.

Esta mirada también permite reconocer la evolución del sistema chileno de aseguramiento de la calidad. En sus primeras etapas fue necesario instalar capacidades institucionales y asegurar la regularidad de los procesos. Con el tiempo, la atención comenzó a desplazarse hacia los resultados. Hoy corresponde avanzar un paso más y comprender la contribución y el impacto que esos resultados generan en las personas, las organizaciones y los territorios.

La discusión no debiera plantearse como una elección entre procesos y resultados. Ambas dimensiones forman parte de una misma ecuación. Procesos débiles difícilmente sostendrán buenos resultados en el tiempo. Procesos muy ordenados que no generan valor corren el riesgo de convertirse en una rutina administrativa. La gestión de la calidad adquiere sentido cuando permite conectar las capacidades institucionales con mejores experiencias formativas, trayectorias laborales y contribuciones al desarrollo.

La educación superior Técnico-Profesional tiene mucho que aportar a esta conversación. Su proximidad con el empleo, el sector productivo y de servicios, y los territorios permite reconocer tempranamente los cambios del entorno. Esa cercanía conlleva una responsabilidad: demostrar que la formación mantiene su pertinencia y que las instituciones tienen la capacidad de aprender y responder oportunamente.

La calidad seguirá estando asociada al rigor, la evidencia y la mejora continua. Lo que está cambiando es el tipo de preguntas que necesitamos responder. Junto con verificar la existencia de mecanismos adecuados, debemos preguntarnos si esos mecanismos favorecen la pertinencia, la empleabilidad, la movilidad social y el desarrollo de los territorios. Porque una institución de calidad no se define únicamente por su capacidad para demostrar cumplimiento. Se reconoce por situar a las personas en el centro, aprender de sus resultados y responder oportunamente a los cambios del entorno. En una etapa madura del aseguramiento de la calidad, la pregunta decisiva no es si los procesos funcionan, sino qué valor generan para los estudiantes, los titulados, los territorios y la sociedad.

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